EN SUS ZAPATOS. Accesibilidad con los cinco sentidos.

El mito de que la accesibilidad solo va asociada a ‘discapacitados’ o personas con movilidad reducida es una burda simplificación y queda muy lejos de la realidad. Lo adecuado sería hablar de personas con diversidad funcional. Y, al final, todos tenemos diversidad funcional y la accesibilidad es un derecho fundamental. Todos somos diferentes y no somos tan “normales” como nos pensamos. Nos movemos de manera diferente, sentimos, vivimos y percibimos los espacios de manera distinta. Pero, no solo somos diferentes entre nosotros. Sino que, nuestra relación con el entorno varía con el paso de los años. Seguro, que o tú, o tu hermana o tu padre, lleva gafas, alguna vez ha necesitado muletas, empujado un carrito de bebé o se ha visto incapaz de descifrar el directorio para orientarse en un edificio público. Posiblemente, la agilidad o torpeza que te acompañaban de niño han dado paso a hándicaps y habilidades nuevos. Y, seguro, cuando envejezcamos, nuestra manera de utilizar los espacios, así como nuestras prioridades y necesidades serán otras.

Tenemos diversidad funcional y la arquitectura no puede ser una barrera. Porque tener que ayudar a una familia a subir un escalón de apenas 10 cm para acceder a un local con su hija en silla de ruedas nadie quiere que sea la tónica habitual. La arquitectura debe ser un medio o herramienta que nos facilite el día a día y, por tanto, no podemos permitir que se convierta en una limitación. Debemos exigir que el diseño pueda adaptarse y de respuesta a nuestras necesidades reales.

Cuando hablamos de sostenibilidad, siempre nos centramos en el respeto al medioambiente y la viabilidad económica. Pero ¿dónde quedan las personas en todo esto? La sostenibilidad de los edificios no tiene sentido sin el componente social. Los edificios deben ser vivibles y equitativos y para ello, debemos evaluar el impacto cualitativo y cuantitativo que tienen en las personas. [1] Tenemos que conseguir una arquitectura no simplemente amable y cómoda, sino también facilitadora y no discriminatoria sin que el factor socioeconómico sea una traba. El poder ofrecer, por ejemplo, una maqueta o mapa táctil en un museo o indicaciones sonoras permitiría acercar nuestro patrimonio histórico a personas invidentes. Indicaciones luminosas en caso de incendio en un espacio cerrado, como un baño, podría alertar del peligro a una persona con pérdida de audición. La ubicación de la parcela y cercanía a medios de transporte público también pueden ser una manera de proporcionar accesibilidad a determinados lugares.

Por ello, para salvar las posibles limitaciones funcionales e intelectuales con las que nos podemos encontrar en los edificios y el entorno urbano, la arquitectura y el diseño tienen numerosos recursos: ergonomía, luces y texturas, relieves, sonidos, imágenes, domótica… un sinfín de posibilidades y piezas que encajar, que permiten que los edificios nos hagan la vida cada vez más fácil.

Porque, ¿quién no se ha perdido nunca en un edificio público como Astérix y Obélix en ‘Las doce pruebas’? Subes, bajas, entras y sales a diferentes habitáculos y acabas sin saber por dónde se sale y qué día es hoy. Ahora mismo, no me quiero ni imaginar cómo un invidente o una persona mayor pueden orientarse en un laberinto de tal magnitud, sin hitos o puntos de referencia. Sería suficiente, quizás, simplemente con un elemento de referencia como una fuente de la que puedes oír y ver el agua brotar o una zona de vegetación con olores y colores característicos que te hagan recordar o asociar un lugar o cruce de caminos.

Además, desde la perspectiva de género existe también trabajo por hacer. Tradicionalmente, se ha abordado el tema de la accesibilidad sin un punto de vista interseccional, pero es necesario ampliar el enfoque. El Manifiesto de las Mujeres y Niñas con discapacidad de la Unión Europea reclama que se tengan en consideración las particularidades de niñas y mujeres con diversidad funcional, para ofrecer un urbanismo que garantice su autonomía e igualdad de oportunidades; por ejemplo, recuperando las calles para favorecer la proximidad vecinal, reduciendo las necesidades de transporte u ofreciendo mayor sensación de seguridad. [2]

Por lo tanto, la accesibilidad va mucho más allá. No son sólo círculos de diámetro 1,50 en planos de baños e instalación de ascensores en comunidades de vecinos de los barrios de toda la vida. La accesibilidad tampoco tiene que verse siempre como una inversión desproporcionada. Un interruptor cuesta lo mismo colocarlo a una altura de 80 cm del suelo que a 120. Sin embargo, podemos notar la diferencia entre uno y otro si usamos silla de ruedas. De la mano del diseño inicial, con pequeñas acciones, podemos facilitar, y mucho, la vida de otras personas. Y la nuestra.

[1] CTN 198 (2012) UNE EN 15643-3:2012. Sostenibilidad en la construcción, Evaluación de la sostenibilidad de los edificios. Parte 3: Marco para la evaluación del comportamiento social.

[2] Observatorio estatal de la discapacidad et. al. Estudio sobre el impacto de género y accesibilidad https://www.observatoriodeladiscapacidad.info/wp-content/uploads/2016/12/ACCESIBILIDAD-EN-CLAVE-DE-GENERO.pdf

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